miércoles, 9 de abril de 2008

Solo de Algispray‎


No hay nada peor que escuchar un solo de Ray Manzarek después de bajarse medio aerosol de algispray con el Finado, me dijo el Loro con el cerebro todavía zumbando. Yo recién llegaba a su casa y el Hammond era uno de mis instrumentos favoritos, por lo que atribuí la afirmación al uso incorrecto del hidrocarburo halogenado. Después de todo, dejate de joder,Loro, no se aspira con un pañuelo por la boca; se rocía en la pierna después de una patada, a lo sumo una quemadura, tortícolis, o una picadura si no te alcanza con el caladryl. Pero el Loro ni pelota, salió corriendo al baño para mirarse en el espejo porque no lo podía evitar, decía, necesitaba una comprobación tête à tête de que todo seguía en su lugar. Mientras, me puse a pensar que nunca se había hecho una estadística seria que correlacione los gustos musicales en la población consumidora de hidrocarburos. Se podía empezar yendo ese año a Puerto Belgrano o a cualquier otro destino del sur a preguntarle a los colimbas qué música escuchaban; porque de ahí había importado el Finado la costumbre a la ciudad, ni bien terminó de servir a la patria. Siempre tenía un algispray escondido en el placard para agasajar a las visitas, con ese ademán morrisoniano que lo pintaba de cuerpo entero. Lo malo de imitar al rey lagarto es que sin la poesía, la voz de Sinatra y el garche, lo único que te queda es drogarte a lo pavote. Y en eso andabamos con el Loro el día que arrancamos de la fiesta con Elvira para sumar un poroto en el ítem tres del manual para abrir las puertas de la percepción. Pero claro, la cosa venía de reviente y a mi la porquería me deja el pito como un capullito de alelí, diría Caetano. Al final, arrugué y me tomé el 5 para el Bañado Norte, ansioso por desintoxicarme. El resto de la noche me la contó el Loro al otro día, y Elvira la semana siguiente. En la casa del Loro no había nadie porque los padres estaban de vacaciones en Córdoba; Elvira estaba entregada y todo hacía prever la fiesta del viejo mete y saca, salvo porque el trois del menage arruinó todo cuando se tomó el buque con esa candidez insensible ante el ruego de los suyos ¡Perdón amigos! No hubo beso en el cuello ni caricia en el muslo que la convenciera, me dijo el Loro dando cuenta de un repertorio que no era ilimitado pero sí convincente: en resumen, me terminé pajeando y le acabé en la espalda. Debo decir que me sorprendió esta declaración, aunque supe apreciar el costado excitante de la paja derramada sobre la Venus dormida. Pulgar arriba igual, Loro. A la semana vino Elvira a buscarme al Industrial al mediodía, íbamos por la vereda de Maipú un día de sol y me preguntó: ¿Por qué te fuiste? Yo quería que te quedes. Me sentí avasallado, como siempre ante una chica que se droga mucho y bien. Empecé a explicarle de Ray Manzarek y el aerosol y si sabía de ese recital de Jim Morrison en el Dinner Key Auditórium de Miami, que empezó a bardear al público, que eran una manga de esclavos, y que vamos todos a desnudarnos y a ver un poco de piel, y ahí nomás la peló como quien dice, y todo el mito que empezó a circular en torno a lo que se vio salir de adentro de los pantalones de ese muchacho, queriendo llegar al punto de que yo, la otra noche, en lo del Loro, todo lo contrario a Morrison.Cuando terminé mi circunloquio se puso los lentes negros y siguió caminando ensimismada, un poco adelante mío. Le miré la espalda y no pude dejar de hacer una mea culpa —no hay nada peor que un solo de órgano después de bajarse medio algispray ¿No, Loro?

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