No hay nada peor que escuchar un solo de Ray Manzarek después de bajarse medio aerosol de algispray con el Finado, me dijo el Loro con el cerebro todavía zumbando. Yo recién llegaba a su casa y el Hammond era uno de mis instrumentos favoritos, por lo que atribuí la afirmación al uso incorrecto del hidrocarburo halogenado. Después de todo, dejate de joder,Loro, no se aspira con un pañuelo por la boca; se rocía en la pierna después de una patada, a lo sumo una quemadura, tortícolis, o una picadura si no te alcanza con el caladryl. Pero el Loro ni pelota, salió corriendo al baño para mirarse en el espejo porque no lo podía evitar, decía, necesitaba una comprobación tête à tête de que todo seguía en su lugar. Mientras, me puse a pensar que nunca se había hecho una estadística seria que correlacione los gustos musicales en la población consumidora de hidrocarburos. Se podía empezar yendo ese año a Puerto Belgrano o a cualquier otro destino del sur a preguntarle a los colimbas qué música escuchaban; porque de ahí había importado el Finado la costumbre a la ciudad, ni bien terminó de servir a la patria. Siempre tenía un algispray escondido en el placard para agasajar a las visitas, con ese ademán morrisoniano que lo pintaba de cuerpo entero. Lo malo de imitar al rey lagarto es que sin la poesía, la voz de Sinatra y el garche, lo único que te queda es drogarte a lo pavote. Y en eso andabamos con el Loro el día que arrancamos de la fiesta con Elvira para sumar un poroto en el ítem tres del manual para abrir las puertas de la percepción. Pero claro, la cosa venía de reviente y a mi la porquería me deja el pito como un capullito de alelí, diría Caetano. Al final, arrugué y me tomé el 5 para el Bañado Norte, ansioso por desintoxicarme. El resto de la noche me la contó el Loro al otro día, y Elvira la semana siguiente. En la casa del Loro no había nadie porque los padres estaban de vacaciones en Córdoba; Elvira estaba entregada y todo hacía prever la fiesta del viejo mete y saca, salvo porque el trois del menage arruinó todo cuando se tomó el buque con esa candidez insensible ante el ruego de los suyos ¡Perdón amigos! No hubo beso en el cuello ni caricia en el muslo que la convenciera, me dijo el Loro dando cuenta de un repertorio que no era ilimitado pero sí convincente: en resumen, me terminé pajeando y le acabé en la espalda. Debo decir que me sorprendió esta declaración, aunque supe apreciar el costado excitante de la paja derramada sobre
miércoles, 9 de abril de 2008
Solo de Algispray
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textos desordenados
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